1992-2019, Paralelismos

Me inquieta pensar cuán distinta puede ser tu vida si tú, sin poder remediarlo, naces y creces en el seno de una familia pobre en Etiopía o si por el contrario esto te sucede siendo parte de una familia pobre alemana. Lógicamente, el estándar no es el mismo. Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿no?

Pero, ¿y si esto sucede entre países europeos? A priori uno diría que la diferencia no es tal y que, más o menos, las oportunidades son las mismas. Pero, ¿y si nos remontamos al año 1992? Dependiendo, querida lectora, de la edad que tengas y de tu procedencia (española probablemente) tampoco este dato será de gran relevancia para ti. Esto sucede porque somos una especie olvidadiza, la única capaz de caer una, y otra, y otra, y otra vez en la misma zanja.

1992 fue un año clave para Europa, uno en el que, mientras olimpiadas y exposición universal (y sus efectos colaterales) terminaban de aupar al territorio español de una forma más equilibrada, la guerra de los Balcanes tenía lugar a menos de cuatro horas de vuelo desde Sevilla o Barcelona. Ambos extremos contribuyeron, casi genéticamente, a moldear el carácter y actitud de las generaciones españolas y eslovenas de muy distinta forma. Unas sumergiéndose en el desarraigo que contagia el capital. Otros, golpeando el subconsciente colectivo con una declaración unilateral de independencia seguida de una guerra de diez días.

De todo esto hablo en el cuarto capítulo de '50 chefs que debes conocer para ser un buen foodie' en torno a la figura de la chef eslovena Ana Roš. De eso, y, sobretodo, de como una gran disrupción en nuestro hábitos y cotidianidad podría hacer mutar nuestro ADN como mecanismo de defensa o mimesis con el entorno.

La chef eslovena Ana Roš. Foto vía cookitraw.org

La chef eslovena Ana Roš. Foto vía cookitraw.org